Te damos gracias por tu misericordia y generosidad, al darnos el don de la vida, Queremos retribuir tu bondad siendo fraternos con nuestros hermanos. Hoy nos ponemos en tus manos y te pedimos nos guíes para que nuestras obras y acciones vengan de ti. De ti procede todo bien: te bendecimos por revelarnos cuánto nos amas. Haznos humildes y receptivos a tus dones; que estemos abiertos a la Buena Noticia de salvación, porque tú te revelas a los que asumen su pobreza. Llena esa pobreza con tu ternura, y también con la certeza de nuestra docilidad en obediencia.
Gracias por hacernos humildes y sencillos de corazón para poder asumir las grandezas de tu palabra Y ante todo poderte revelar en las personas con las que compartiremos en este día. Permite que la humildad y sencillez sean nuestro distintivo como verdaderos discípulos de tu amor y tu palabra. Bendícenos y guárdanos en el camino de este día. Amén.
Un humilde y sencillo miércoles compartido en servicio con nuestros hermanos.
PALABRA DEL PAPA
La acción del Espíritu Santo es la fuente del gozo interior más profundo. Jesús mismo experimentó esta especial “alegría en el Espíritu Santo” cuando pronunció las palabras: «Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a sabios e inteligentes, y se las has revelado a pequeños. Sí, Padre, pues tal ha sido tu beneplácito» (Lc 10, 21; cf. Mt 11, 25-26). En el texto de Lucas y Mateo siguen las palabras de Jesús sobre el conocimiento del Padre por parte del Hijo y del Hijo por parte del Padre: conocimiento que comunica el Hijo precisamente a los “pequeños”. Es, pues, el Espíritu Santo el que da también a los discípulos de Jesús no sólo el poder de la victoria sobre el mal, sobre “los espíritus malignos” (Lc 10, 17), sino también el gozo sobrenatural del descubrimiento de Dios y de la vida en Él mediante su Hijo. La revelación del Espíritu Santo mediante el poder de la acción que llena toda la misión de Cristo acompañará también a los Apóstoles y a los discípulos en la obra que desarrollarán por mandato divino. Se lo anuncia Jesús mismo: «Recibiréis la fuerza del Espíritu Santo, que vendrá sobre vosotros, y seréis mis testigos..., hasta los confines de la tierra» (Hch 1, 8). (San Juan Paolo II, catequesis del 19 de septiembre de 1990)
