Iniciamos una nueva semana puestos en tus manos, Señor, y lo hacemos en un día más de descanso que nos da la oportunidad de poder descansar, pero pensando en tus palabras: Señor, nos diriges hoy palabras incómodas. No has venido a traer paz sino guerra. ¡Qué extraño suena esto en los divinos labios del Príncipe de la paz! Pero son palabras tuyas, dirigidas a quienes querían y queremos seguir tus pasos. Ciertamente no es extraño que tu seguimiento ocasione separación entre las personas, cuando la fidelidad a tu mensaje encuentra oposición entre los nuestros. Cierto, también, que no es una invitación a la discordia sin más, pero sí a la fidelidad. Lo hemos oído muchas veces: ser discípulo tiene un precio. Cómo pagar ese precio es tarea para todo el que quiera serte fiel.
Tu seguimiento no puede encontrar impedimento, aunque provoque sufrimiento y hasta ocasione rupturas. No es extraño que todo ello traiga consigo malentendidos, incomprensiones, rechazos. El discípulo no puede llevar una vida distinta a la tuya como maestro y el primero que cargó con la cruz fuiste Tú. En la escala de valores del discípulo, no pueden darse razones ajenas a tu palabra. A veces el dolor pasa por nuestra vida. No es definidor de una vida, pero en él puede haber algo de verdad. Algún autor decía: “El dolor no es el lugar de nuestros deseos sino el de nuestra verdad”. Amén.
El Señor nos bendiga, nos guarde y nos proteja siempre y un muy feliz lunes de descanso.
Palabra del Papa
Mantenemos la mirada fija en Jesús… Es Él el único mediador de esta relación entre nosotros y nuestro Padre que está en el cielo. Jesús es el Hijo, y nosotros somos hijos en Él […] Por esto Jesús dice: he venido a traer división; no es que Jesús quiera dividir a los hombres entre sí, al contrario: Jesús es nuestra paz, nuestra reconciliación. Pero esta paz no es la paz de los sepulcros, no es neutralidad, Jesús no trae neutralidad, esta paz no es una componenda a cualquier precio. Seguir a Jesús comporta renunciar al mal, al egoísmo y elegir el bien, la verdad, la justicia, incluso cuando esto requiere sacrificio y renuncia a los propios intereses. Y esto sí, divide; lo sabemos, divide incluso las relaciones más cercanas. Pero atención: no es Jesús quien divide. Él pone el criterio: vivir para sí mismos, o vivir para Dios y para los demás; hacerse servir, o servir; obedecer al propio yo, u obedecer a Dios. He aquí en qué sentido Jesús es “signo de contradicción” (Francisco, Ángelus 18 de agosto de 2013).
