
El Año de Publicación 97 de La Iglesia, correspondiente a enero-diciembre de 2003, números 1-12, constituye uno de los volúmenes más importantes de toda la serie para comprender la transformación de la estructura eclesiástica de Bogotá. Bajo el gobierno del cardenal Pedro Rubiano Sáenz, la publicación dedica su portada al Ilustrísimo señor Fray Agustín Manuel Camacho y Rojas, O.P., vigésimo arzobispo de Bogotá, y mantiene la tradición de incorporar una reconstrucción histórica de los prelados de la sede, acompañada por las noticias, decretos y actos oficiales del año. Entre los acontecimientos pastorales se registran el pronunciamiento sobre el compromiso ético de los medios de comunicación frente al terrorismo, la LXXIV Asamblea Plenaria Extraordinaria del episcopado, la predicación de Semana Santa, el Te Deum del 20 de julio, la celebración de los 25 años del pontificado de Juan Pablo II y la beatificación de Madre Teresa de Calcuta. También ocupa un lugar destacado la memoria del beato Luis Variara, cuya relación con Agua de Dios, Tocaima y la antigua jurisdicción de Bogotá es presentada como parte de la historia religiosa de la región. Sin embargo, el acontecimiento central del volumen es la reorganización de la antigua Arquidiócesis de Bogotá mediante la creación de tres diócesis urbanas, anunciada el 6 de agosto de 2003, fecha que coincidió con el 465.º aniversario de la fundación de Bogotá: Fontibón, Engativá y Soacha. El comunicado del cardenal Rubiano señala expresamente que Fontibón comprendía el territorio de la antigua Zona Pastoral Episcopal de la Santísima Trinidad, Engativá el de la Sagrada Eucaristía y Soacha el de San Pablo, y presenta la reforma como resultado de un proyecto iniciado veintidós años antes por el cardenal Aníbal Muñoz Duque, posteriormente enriquecido por la experiencia del VI Sínodo Arquidiocesano y la aplicación del Plan Global de Pastoral. El volumen conserva íntegramente las bulas pontificias de erección, los nombramientos de los primeros obispos y los discursos pronunciados con ocasión de la creación y posesión de las nuevas jurisdicciones. Enrique Sarmiento Angulo fue nombrado primer obispo de Fontibón, Héctor Gutiérrez Pabón primer obispo de Engativá y Daniel Caro Borda primer obispo de Soacha; las ceremonias de erección canónica y posesión se realizaron posteriormente en cada territorio, con discursos del arzobispo de Bogotá y de los nuevos pastores. La trascendencia del proceso se refleja en el propio estudio de la reorganización: antes de la división, la Arquidiócesis contaba con 217 parroquias, y el proyecto justificaba la creación de nuevas diócesis por la acelerada expansión urbana y por la dificultad de ejercer adecuadamente el ministerio episcopal en una ciudad de semejante magnitud. Los documentos posteriores son igualmente valiosos porque muestran cómo cada nueva diócesis comenzó a construir su propia estructura administrativa: Cancillería, Vicariato General, Secretaría-Notaría Eclesiástica, Tribunal y Vicariato Judicial, arciprestazgos, Consejo Pastoral, Consejo Presbiteral y Colegio de Consultores. En Engativá, incluso se crea posteriormente un Grupo Judicial Local. Paralelamente, la sección de decretos de la Arquidiócesis conserva una extensa relación de nombramientos, arciprestes, casas religiosas, fundaciones, incardinaciones y excardinaciones, además de la constitución del Consejo del Diaconado Permanente y la autorización de nuevas comunidades religiosas. Entre estas últimas aparecen las Hijas de la Caridad de San Vicente de Paúl, para atender tanto a niños pobres como a familias desplazadas por la violencia, así como nuevas casas de formación de congregaciones religiosas. Especial interés reviste además el registro de la violencia nacional en el ámbito eclesial: el volumen conserva el decreto de excomunión relacionado con el ataque perpetrado el 19 de enero de 2003 en el templo parroquial de San Carlos Borromeo, que dejó tres muertos y seis heridos. De este modo, 2003 representa un verdadero punto de inflexión en la historia territorial de Bogotá, pues La Iglesia deja constancia del paso de una gran jurisdicción arquidiocesana hacia un sistema de diócesis urbanas con gobiernos episcopales propios, nuevas estructuras administrativas y una delimitación territorial que transformaría de manera definitiva el mapa eclesiástico de Bogotá y su entorno.

