En la alegre mañana del Señor de la misericordia, te saludamos y te damos gracias, ya que en tu infinita bondad nos concedes un nuevo amanecer pleno y radiante de optimismo y deseos de servir.
A ti, Señor, elevamos nuestra oración. Tú estás aquí con nosotros. ¿Te reconocemos? ¿Somos conscientes de que tú estás aquí con nosotros en la vida de cada día? ¿Te reconocemos también y especialmente en nuestros momentos de prueba, dificultades y fracasos? Tú has resucitado, y nos alzas y nos resucitas. Sin embargo, nosotros también somos con frecuencia tímidos y tenemos miedo, estamos llenos de preguntas, quizás de dudas, y con una fe frágil. Pero estamos aquí porque que creemos Ti. Sabemos que estás presente en medio de nosotros, aunque nuestros ojos no pueden verte y con Tomás decimos: «Señor mío y Dios mío».
Mantennos firmes en la fe, creyendo que tú eres nuestro Señor y nuestro Dios. Danos la gracia de saber encontrarte en nuestra vida de cada día y de vivir siempre en tu paz. Abre nuestros ojos para que sepamos ver tus cicatrices en los que sufren, y viven en soledad y ayúdanos a llevarles consuelo y esperanza. A ti nos acogemos en ti confiamos y en ti esperamos.
Feliz y esperanzador domingo vivido con mucha fe. Sonriamos porque la vida es bella.
Las palabras de los Papas
Tomás, en realidad, no es el único al que le cuesta creer, es más, nos representa un poco a todos nosotros. De hecho, no siempre es fácil creer, especialmente cuando, como en su caso, se ha sufrido una gran decepción. (…) Para creer, Tomás quisiera una señal extraordinaria: tocar las llagas. Jesús se las muestra, pero de forma ordinaria, presentándose ante de todos, en la comunidad, no fuera. Como diciéndole: si tú quieres encontrarme no busques lejos, quédate en la comunidad, con los otros; y no te vayas, reza con ellos, parte con ellos el pan. Y nos lo dice a nosotros también. Es ahí que puedes encontrarme, es ahí que te mostraré, impresas en mi cuerpo, las señales de las llagas: las señales del Amor que vence el odio, del Perdón que desarma la venganza, las señales de la Vida que derrota la muerte. Es ahí, en la comunidad, que descubrirás mi rostro, mientras compartes con los hermanos momentos de oscuridad y de miedo, aferrándote aún más fuerte a ellos. Sin la comunidad es difícil encontrar a Jesús. (…) No obstante todos sus límites y sus caídas, que son nuestros límites y nuestras caídas, nuestra Madre Iglesia es el Cuerpo de Cristo; y es ahí, en el Cuerpo de Cristo, que se encuentran impresas, aún y para siempre, las señales más grandes de su amor. (Francisco, Regina caeli, 16 de abril de 2023)
REFLEXIÓN (Cf. https://www.iglesiaenaragon.com/segundo-domingo-de-pascua-12-de-abril-de-2026)
Lo que pretende el evangelista san Juan en esta bella narración es describirnos la situación concreta en que se halla una comunidad que todavía no ha hecho experiencia de la Resurrección y esa misma comunidad cuando ya se ha encontrado con Él.
ESTA ES LA SITUACIÓN DE LA COMUNIDAD ANTES DEL ENCUENTRO CON EL RESUCITADO
«Al atardecer de aquel día». Al atardecer se va la luz y viene la noche, es decir, el tiempo de la desorientación, del no saber dónde uno está, (pensemos en aquellas noches sin luz eléctrica) y simbólicamente, de la pérdida del sentido de la vida. Lamentablemente hay muchas personas de nuestro tiempo en esta situación, convencidas de que todo se acaba con la muerte. Pensemos en la cantidad de suicidios de jóvenes que hay a lo largo del año.
«Las puertas cerradas…». Esta frase está dicha especialmente para los cristianos que no creen en la Resurrección. No hay salida, no hay horizonte, no hay perspectivas. Tampoco hay nada que ofrecer. La fe se vacía de contenido. Lo decía san Pablo: «Si Cristo no ha resucitado vana es nuestra fe y somos los más desgraciados de todos los hombres» (1Co 15,13-14).
«… Por miedo a los judíos». Después de la muerte de Jesús, todo había terminado para los discípulos. La causa de Jesús había que olvidarla poco a poco, como si se tratara de un sueño. Ya no tenían la persona que siempre los defendía. El miedo se había apoderado de sus corazones. En esta situación es imposible la evangelización. Para dar malas noticias ya tenemos los medios de comunicación.
SITUACIÓN DE UNA COMUNIDAD QUE SE HA ENCONTRADO CON JESÚS
Los discípulos se alegran. Pero no con una alegría normal, epidérmica, que dura muy poco. Se trata de una alegría profunda que “nadie ya les puede arrebatar”. Alegría de cuerpo y alma, alegría que durará para siempre. Alegría que ya no pueden contener y sienten necesidad de comunicar. Ha nacido el testigo, el apóstol.
Dice el Papa León XVI: «Pidamos al Señor que sepamos reconocer su presencia en el camino de nuestra vida, especialmente en los momentos de tristeza y oscuridad, y que la alegría de la Pascua sea el distintivo de nuestro compromiso misionero». “La alegría inesperada de los discípulos de Emaús sea para nosotros un dulce recordatorio cuando el camino se hace difícil. Es el Resucitado quien cambia radicalmente la perspectiva, infundiendo la esperanza que llena el vacío de la tristeza” (22-octubre-2025)
Puertas abiertas. Aquellos que han estado encerrados, salen a dar esta maravillosa noticia a todo el mundo. Nadie los puede detener. Si tratan de acallarlos, dirán que «es necesario obedecer a Dios antes que a los hombres» (Hch 5,29). Para los que creen en Jesús hay futuro, hay horizonte, hay un primer día de la semana, hay un nuevo porvenir. El futuro no es algo, sino Alguien. El futuro es Dios, nuestra patria, nuestro descanso, nuestra plena realización, nuestra felicidad que nadie nos podrá arrebatar.
Pierden el miedo. El encuentro con el Resucitado les hace perder el miedo a morir. Van a la muerte cantando. «Y cuando los meten en la cárcel se sienten felices de haber padecido por el nombre de Jesús» (Hch 5,41). Me pregunto: ¿Qué hubiera pasado si Jesús no se hubiera aparecido a Tomás? Se hubiera ido del grupo. No hubiera podido soportar la presión de unos compañeros felices y contentos y él lleno de tristeza. Se sentiría totalmente desfasado. Sin el encuentro con Jesús Resucitado, sin experiencia de Pascua, es imposible llevar una auténtica vida cristiana. La Iglesia no necesita cristianos con caras de Viernes Santo sino cristianos con caras de Pascua de Resurrección.
PREGUNTAS
1.– ¿Vivo mi fe como un peso que tengo que soportar o como un precioso regalo de Dios que cada día debo agradecer?
2.– Después de la Resurrección de Jesús, ¿Todavía tengo miedo? ¿a qué? ¿a quién?
3.- ¿Cuándo termina la Semana Santa para mí: ¿el Viernes Santo o el Domingo de Pascua?
